DOS TIEMPOS DE UN MISMO MOVIMIENTO.
La boca. Órgano sensible y sensitivo con el cual
realizamos dos movimientos fundamentales: el primero, ingerir los alimentos; el
segundo, convertir en palabras el pensamiento.
Hablar y comer. Pensamiento y nutrición. Somos lo que
comemos y lo que hablamos. En fin, somos en virtud de todo aquello que entra y
sale por nuestra boca.
Somos también el producto de un verbo que los dioses
emitieron.
Comer debe ser algo más que un ejercicio de sobrevivencia.
Los alimentos, que son también luz solar desde la tierra, llegan a nosotros
para transformarnos, de la misma manera que las palabras salen de nosotros
transformadas.
La ortografía es al lenguaje lo que las especias a las
viandas. Acentuamos ciertas palabras, ciertos sabores. Su utilización es
precisa e incide en el resultado de manera irremediable, sin tachón posible.
La poesía es al lenguaje lo que un buen vino es a la
cena: la decantación líquida precisa para bien llevar los alimentos. La poesía
es como el vino: bueno o nada.
La boca. Abierta a la vida. Cerrada al misterio. La boca
y el deseo, subversiva. Punto de encuentro entre el saber y el sabor. Lugar
de alta sabiduría.
Comer es algo más
delicado que calmar el hambre o suplir las deficiencias corporales. Comer es un
ritual que comienza en el mismo momento en el que se seleccionan los
ingredientes y los amigos o acompañantes cotidianos para oficiarlo.
Aquí el único criterio válido es el placer, entendido
como el goce estético, gastronómico y sensorial de quienes nos aventuramos a
ejercer el papel de dioses de los alimentos y deseamos ardientemente el éxtasis
culinario: ambrosía todos los días en nuestra mesa.
Estas palabras son la provocación inicial para las
recetas, historias y relatos sobre gastronomía y saberes culinarios que
comenzarán a desfilar por este blog.
Finalicemos con las palabras de Marguerite Yourcenar en
sus Memorias de Adriano: “ Comer un
fruto significa hacer entrar en nuestro Ser un hermoso objeto viviente,
extraño, nutrido y favorecido como nosotros por la tierra; significa consumar
un sacrificio en el cual optamos por nosotros frente a las cosas. Jamás mordí
la miga de pan de los cuarteles sin maravillarme de que ese amasijo pesado y
grosero pudiera transformarse en sangre, en calor, acaso en valentía. ¡Ah! ¿Por
qué mi espíritu, aún en sus mejores días, sólo posee una parte de los poderes
asimiladores de un cuerpo?.”

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