¿Nacemos
o nos hacemos ciudadanos por voluntad propia?
Este
dilema, que pareciera de Perogrullo, comporta la gran diferencia que existe
entre la ley, lo normativo, y la realidad, lo cotidiano.
Todos
los nacidos en un territorio se consideran nacionales del mismo y lo certifican
con registro de nacimiento y cédula de ciudadanía. Cuentan con derechos y
deberes, que muchas veces desconocen, y pierden su nacionalidad en casos
eventuales o por decisión personal.
Al
ser ciudadano de un territorio se adquiere una cultura marcada por una
lengua y tradiciones comunes, una
constitución nacional que debe ser acatada y que a su vez tiene el deber de
defender a los ciudadanos.
Eso,
en la ley. Y su cumplimento o no, está regido también por normas.
En
la vida cotidiana no todo sucede como dice la ley. Alguna vez una niña de un
municipio llanero me dijo: “yo no soy ciudadana porque vivo en una vereda y no
en una ciudad” y esa era su percepción sobre la ciudadanía.
Para muchos, el ser ciudadano solamente cuenta
cuando se tiene una cédula y se puede votar en elecciones. Esa percepción de
ciudadano-elector ha sido dada por la política y sus gamonales de turno.
¿Qué es ser ciudadano?
Lo
primero: el bien común prima sobre el bien personal. No se trata de una máxima
religiosa sino del principio de la convivencia en cualquier sociedad.
Y
allí entran en juego los llamados “bienes comunes” o sea los valores de una
sociedad ( empresa, colegio, barrio, vereda, pueblo, municipio, etc.), además
de la infraestructura comunitaria (parques, amoblamiento urbano, vías, centros
de salud y deportivos, escuelas, casas de la cultura, bibliotecas, monumentos, etc.)
que constituyen las bases sobre las cuales se edifica la sociedad humana.
Sobre
los primeros, los valores, existen
aquellos dados en los derechos fundamentales y que se construyen entre todos
como la solidaridad, el respeto, la seguridad, la equidad, la convivencia
pacífica, que hacen posible que un determinado grupo humano pueda coexistir en
un mismo territorio de manera armónica.
Cuando
se analizan las causas de la violencia encontramos como primer factor la
denominada violencia intrafamiliar y
como segundo factor la intolerancia
entre vecinos. Estos dos problemas generan más muertes, riñas y violencia
que los grupos ilegales, las guerras o los accidentes automovilísticos.
El
no aceptar al otro, el irrespetar con mi actitud a los demás, el desconocer los
derechos de los vecinos, el contrariar las leyes de la convivencia ciudadana,
son problemas cotidianos en todos los municipios y centros poblados.
Un
primer paso, para el desarrollo de la ciudadanía y su cultura de la
convivencia, consiste en realizar acuerdos entre vecinos, estudiantes, empleados,
copropietarios y habitantes en general para que la vida comunitaria sea
posible, agradable y pacífica. Talleres sobre valores y responsabilidades,
manuales de convivencia y reglas aceptadas por todos son el comienzo de una
vida ciudadana.
En
este primer punto los medios comunitarios cuentan con un extenso campo de
trabajo a través de programas educativos en emisoras comunitarias, foros de
vecinos, obras de teatro con mensajes de convivencia, periódicos de barrios y
comunas donde se explique a fondo y se sienten las bases de la cultura
ciudadana.
Un
ciudadano activo defiende los valores de su comunidad, respeta los derechos de
los demás, evita las riñas con los otros y propicia un espacio de armonía
cotidiana en su entorno.
Los bienes comunes
El
segundo punto, lo constituyen los bienes comunes que un grupo humano tiene para
el disfrute de todos, que son de todos y por lo tanto merecen el respeto y el
cuidado por parte de cada uno.
En
los años 70’s buena parte de la actitud revolucionaria marcada por una
izquierda marxista-leninista que consideraba los bienes comunes como del Estado
y por eso mismo propiciaba su destrucción como un símbolo de la destrucción del
Estado, nos legó una reprochable tradición
de acabar con vías, parques, estamentos educativos, torres de energía,
acueductos y todo lo que pareciera “el Estado” como medio efectivo para la
protesta social.
Esta
actitud retrasó décadas nuestra cultura ciudadana, sumergiéndola en el odio
hacia los bienes comunes, que no son del Estado sino de los ciudadanos y, de
paso, en el odio hacia las instituciones y quienes las representan.
Fue
así como acabamos con excelentes bienes comunes, por ejemplo las residencias
estudiantiles de las principales universidades públicas colombianas, las cuales
ofrecían albergue a los estudiantes de escasos recursos y de centros poblados
alejados, que podían contar con una habitación en la ciudad para realizar sus
estudios superiores. Terminamos con una política de igualdad de oportunidades
donde el campus universitario era asequible a jóvenes de veredas y pequeños
centros poblados.
No
es fácil cambiar una cultura de destrucción de bienes públicos por una que los
respete, cuide, mantenga y disfrute.
Aquí
hay otra oportunidad para los medios de comunicación comunitarios, desde la
radio y el periódico escolar, con la realización de campañas educativas,
concursos y hasta acciones de conservación de bienes públicos en beneficio de
todos.
Por
ejemplo: cuidar de las estatuas, evitar que sean pintarrajeadas, mutiladas,
ensuciadas y ubicar nuevamente la placa conmemorativa de cada una para que los
ciudadanos hagamos conciencia sobre lo que representan en nuestra historia cada
una de ellas.
O
acciones simples como las jornadas de limpieza en parques, escuelas y sitios
públicos, pintar las fachadas de las casas, donar un libro a la biblioteca, etc.
Todas
estas actividades, unidas a un espíritu de convivencia pacífica y de disfrute
de los bienes públicos están esperando por los comunicadores que desde sus
medios estimulen y entusiasmen a los ciudadanos en torno a ellas.
Así,
cuando la niña llanera vuelva a decirme que no es ciudadana, podré contestarle con toda certeza que si lo es, porque hace parte de un territorio, una cultura,
una lengua, valores y bienes comunes que todos aprecian, cuidan y comparten.