viernes, 25 de octubre de 2013

COMUNICACION CIUDADANA (V)

MEDIOS Y CONSTRUCCIÓN DE CIUDADANÍA

Centro de Bogotá al atardecer


¿Nacemos o nos hacemos ciudadanos por voluntad propia?
Este dilema, que pareciera de Perogrullo, comporta la gran diferencia que existe entre la ley, lo normativo, y la realidad, lo cotidiano.

Todos los nacidos en un territorio se consideran nacionales del mismo y lo certifican con registro de nacimiento y cédula de ciudadanía. Cuentan con derechos y deberes, que muchas veces desconocen, y pierden su nacionalidad en casos eventuales o por decisión personal.

Al ser ciudadano de un territorio se adquiere una cultura marcada por una lengua  y tradiciones comunes, una constitución nacional que debe ser acatada y que a su vez tiene el deber de defender a los ciudadanos.

Eso, en la ley. Y su cumplimento o no, está regido también por normas.

En la vida cotidiana no todo sucede como dice la ley. Alguna vez una niña de un municipio llanero me dijo: “yo no soy ciudadana porque vivo en una vereda y no en una ciudad” y esa era su percepción sobre la ciudadanía.

Para  muchos, el ser ciudadano solamente cuenta cuando se tiene una cédula y se puede votar en elecciones. Esa percepción de ciudadano-elector ha sido dada por la política y sus gamonales de turno.

¿Qué es ser ciudadano?



Lo primero: el bien común prima sobre el bien personal. No se trata de una máxima religiosa sino del principio de la convivencia en cualquier sociedad.

Y allí entran en juego los llamados “bienes comunes” o sea los valores de una sociedad ( empresa, colegio, barrio, vereda, pueblo, municipio, etc.), además de la infraestructura comunitaria (parques, amoblamiento urbano, vías, centros de salud y deportivos, escuelas, casas de la cultura, bibliotecas, monumentos, etc.) que constituyen las bases sobre las cuales se edifica la sociedad humana.

Sobre los primeros, los valores, existen aquellos dados en los derechos fundamentales y que se construyen entre todos como la solidaridad, el respeto, la seguridad, la equidad, la convivencia pacífica, que hacen posible que un determinado grupo humano pueda coexistir en un mismo territorio de manera armónica.

Cuando se analizan las causas de la violencia encontramos como primer factor la denominada violencia intrafamiliar y como segundo factor la intolerancia entre vecinos. Estos dos problemas generan más muertes, riñas y violencia que los grupos ilegales, las guerras o los accidentes automovilísticos.

El no aceptar al otro, el irrespetar con mi actitud a los demás, el desconocer los derechos de los vecinos, el contrariar las leyes de la convivencia ciudadana, son problemas cotidianos en todos los municipios y centros poblados.

Un primer paso, para el desarrollo de la ciudadanía y su cultura de la convivencia, consiste en realizar acuerdos entre vecinos, estudiantes, empleados, copropietarios y habitantes en general para que la vida comunitaria sea posible, agradable y pacífica. Talleres sobre valores y responsabilidades, manuales de convivencia y reglas aceptadas por todos son el comienzo de una vida ciudadana.

En este primer punto los medios comunitarios cuentan con un extenso campo de trabajo a través de programas educativos en emisoras comunitarias, foros de vecinos, obras de teatro con mensajes de convivencia, periódicos de barrios y comunas donde se explique a fondo y se sienten las bases de la cultura ciudadana.

Un ciudadano activo defiende los valores de su comunidad, respeta los derechos de los demás, evita las riñas con los otros y propicia un espacio de armonía cotidiana en su entorno.

Los bienes comunes


El segundo punto, lo constituyen los bienes comunes que un grupo humano tiene para el disfrute de todos, que son de todos y por lo tanto merecen el respeto y el cuidado por parte de cada uno.

En los años 70’s buena parte de la actitud revolucionaria marcada por una izquierda marxista-leninista que consideraba los bienes comunes como del Estado y por eso mismo propiciaba su destrucción como un símbolo de la destrucción del Estado, nos legó una reprochable tradición  de acabar con vías, parques, estamentos educativos, torres de energía, acueductos y todo lo que pareciera “el Estado” como medio efectivo para la protesta social.

Esta actitud retrasó décadas nuestra cultura ciudadana, sumergiéndola en el odio hacia los bienes comunes, que no son del Estado sino de los ciudadanos y, de paso, en el odio hacia las instituciones y quienes las representan.

Fue así como acabamos con excelentes bienes comunes, por ejemplo las residencias estudiantiles de las principales universidades públicas colombianas, las cuales ofrecían albergue a los estudiantes de escasos recursos y de centros poblados alejados, que podían contar con una habitación en la ciudad para realizar sus estudios superiores. Terminamos con una política de igualdad de oportunidades donde el campus universitario era asequible a jóvenes de veredas y pequeños centros poblados.

No es fácil cambiar una cultura de destrucción de bienes públicos por una que los respete, cuide, mantenga y disfrute.

Aquí hay otra oportunidad para los medios de comunicación comunitarios, desde la radio y el periódico escolar, con la realización de campañas educativas, concursos y hasta acciones de conservación de bienes públicos en beneficio de todos.

Por ejemplo: cuidar de las estatuas, evitar que sean pintarrajeadas, mutiladas, ensuciadas y ubicar nuevamente la placa conmemorativa de cada una para que los ciudadanos hagamos conciencia sobre lo que representan en nuestra historia cada una de ellas.

O acciones simples como las jornadas de limpieza en parques, escuelas y sitios públicos, pintar las fachadas de las casas, donar un libro a la biblioteca, etc.

Todas estas actividades, unidas a un espíritu de convivencia pacífica y de disfrute de los bienes públicos están esperando por los comunicadores que desde sus medios estimulen y entusiasmen a los ciudadanos en torno a ellas.

Así, cuando la niña llanera vuelva a decirme que no es ciudadana, podré contestarle con toda certeza que si lo es, porque hace parte de un territorio, una cultura, una lengua, valores y bienes comunes que todos aprecian, cuidan y comparten.



lunes, 14 de octubre de 2013

AL INTEROR DE LA COCINA COLOMBIANA

Pollo campesino moqueado (ahumado) con tucupí amazónico.


El Panóptico es el nuevo restaurante que funciona dentro del Museo Nacional, en Bogotá. Su nombre deriva de la significación de esa palabra, que es dada a las construcciones donde se puede observar el interior de la edificación desde un solo punto.

En este caso, El Panóptico ofrece un panorama al interior de la cocina colombiana, donde los platos tradicionales que conocemos como ajiaco, bandeja paisa o sancocho son desplazados por los también muy colombianos e ignorados platillos de regiones como Guapi, Tumaco, Amazonas o Montería.

La sorpresa con este restaurante es tremenda. Al leer su carta encontramos delicias como pusandao de carne ahumada en leche de coco, pollo campesino ahumado con tucupí amazónico, currulao, ensalada de arroz con tomates primitivos o de quinua de colores, por ejemplo.

El Panóptico cuenta con una chef guapireña, Lina Banguera, quien no aceptó ser entrevistada. Su propietario, Javier Rodríguez, nos comenta que hace solamente cuatro semanas que comenzaron con esta nueva propuesta de gastronomía nacional.

El servicio es muy bueno, la presentación digna del mejor restaurante y el sabor de cada platillo es una verdadera fiesta para los sentidos, veamos algunos:

CURRULAO


Tomando el nombre del baile típico del pacífico colombiano, elaboran un guisado de camarón con achiote, leche de coco y hierbas del pacífico, acompañado de una ensalada fresca deliciosa donde se destaca el encurtido de cubios.

POLLO CAMPESINO MOQUEADO

Desde el amazonas, el tucupí (extracto de yuca brava) llena de sabor el pollo, junto con las cebollas largas y una sorpresa: un pequeño tamalito que al abrirlo desata un exquisito aroma ahumado, es plátano ahumado y cocido en sus hojas.
El moqueado (ahumado) se siente en todo el plato, con la adición de contar con un cuero de pollo crocante y la compañía de una deliciosa ensalada verde.

Al final, cuando el mundo es  mejor gracias a tantos sabores, el valor de la comida te devuelve la calma con precios justos y muy asequibles. Para comprobarlo, ofrezco a continuación los precios de las entradas:

Tumaco (bolitas de plátano maduro rellenas de carne de jaiba guisada en leche de coco con mezcla de especies dulces y picantes: $11.000
Chonto: calamar pota con costra crocante de harina de maíz, acompañado de chutney de tomate chonto, jengibre, canela y meta con suero costeño: $10.000

Sopa Samai o mute de maní $8.000
Porción de pusandao: $8.000

Los platos fuertes tienen precios entre $17.000 y $22.000.

Cuando visiten el Museo Nacional que a propósito está remodelado y con una exhibición muy agradable de su colección permanente, no olviden pasar a almorzar en El Panóptico.

¡No se arrepentirán!