![]() |
| Hemos comenzado el camino de la reconciliación. (Foto: 20 de julio en Puerto Rico, Meta) |
Hemos
comenzado a transitar un camino largo: el de la reconciliación. Y no ha sido
porque ya exista un acuerdo en La Habana o porque el Estado tenga presencia en
todo el territorio y menos aún porque nuestros políticos en campaña así lo
hayan decidido. Es por cansancio.
La
reconciliación comienza dentro de cada ser humano, sea víctima, victimario o
espectador de algún conflicto o hecho de violencia que altere la cotidianidad
de su vida, de su casa, de su barrio, de su ciudad o país. Aquí es donde
cabemos todos los colombianos y en donde podremos trabajar para mejorar nuestro
entorno personal y social.
No
es fácil, luego de días y años de enemistad, violencia, injusticia, silencio y
crueldad, decir que vamos a comenzar a reconciliarnos, como si nada. Las
heridas abiertas hieden, el dolor no mengua, la ira y el resentimiento nos
abruman, el odio es grande.
¿Seremos
capaces de volver a mirar, con ojos nuevos y limpios, otra vez el mundo que nos
rodea y ser artífices de su construcción y del desarrollo armónico de nuestras
vidas?
Expertos
en conflictos internacionales que analizan procesos de reconciliación nos
visitan con regularidad y ofrecen sus consejos. Escuchándolos a ellos, leyendo
las experiencias de entidades como Corpovisionarios y Comunicarte, o las
emotivas historias del portal www.reconciliacioncololmbia.com
creado recientemente por iniciativa de medios, empresarios y cooperantes, y
sobre todo hablando con la gente en las comunidades vulneradas y en las zonas
de conflicto de la geografía nacional, puedo decir que existen puntos básicos a
tener en cuenta:
Pueblo de perdedores: es una sensación
corriente en muchos habitantes de poblaciones colombianas, el sentirse del lado
de los perdedores siempre. Porque el Estado nunca los tuvo en cuenta, porque
los obligaron a sembrar coca y no tuvieron mayor participación económica en sus
ganancias, porque en sus territorios se pelearon grupos ilegales y ellos
pusieron los muertos, porque el desarrollo jamás pasó por una de sus esquinas.
Esta sensación, que se convierte en condición para muchos, genera exclusión,
resentimiento, odio y distanciamiento frente al país.
Es
urgente trabajar, desde metodologías sicosociales y de cultura ciudadana, con
los pobladores de las zonas de violencia, hacer que se sientan ganadores de
algo, de sus propias vidas, dueños de su destino, que recuperen sus sueños y la
capacidad creadora y emprendedora.
Nosotros las víctimas: si bien es
necesario contar con un mecanismo que reúna a todas las víctimas de la
violencia para realizar la reparación, también lo es que la victimización de
las poblaciones ha generado un inri, algo similar a una letra escarlata, en
muchos de ellos.
Si
de víctimas hablamos, es muy probable que cada uno de los 45 millones de
connacionales lo sea en mayor o menor medida, todos padecimos el horror desde
algún lugar o en un momento de nuestras vidas en este territorio.
A
pesar de eso, victimizarse para obtener recursos, subsidios y privilegios de
manera indefinida es una manera de no salir del problema sino postergarlo,
además de utilizar inadecuadamente los recursos para la reparación.
Es
prioritario que entidades estatales, privadas, no gubernamentales y quienes
tienen a su cargo programas y proyectos con víctimas, trabajen por el renacer
de la esperanza y el empoderamiento a través de actividades de resiliencia que
lleven a los individuos afectados al perdón de sí mismos, de sus victimarios y
de la comunidad. Recuperar la dignidad, la fuerza y el optimismo antes que ser
víctimas por siempre.
Unidos en la desgracia: en muchas
comunidades el tejido social solamente existe desde el odio, el resentimiento y
el dolor que los hermanan. Rehacer el capital social y la confianza de cada
comunidad sobre la base de valores construidos entre todos, desalojar el
espíritu de venganza y trabajar por objetivos comunes así se tengan diferencias
entre los habitantes, es una tarea imprescindible.
Llegar
con actividades lúdicas, comunicativas, de ciudadanía y proyectar asociaciones
para generar procesos de desarrollo económico que logren abrir el camino de la
reconciliación con el resto del país, nos urge.
Lo pasado pisado: este puede ser el
lema de muchas personas en comunidades violentadas, porque es también la única
manera en la que pudieron sobrevivir a la tragedia y continuar apenas con sus
vidas.
Si
bien es necesario el olvido, así sea para poder recordar luego, urge un trabajo
de memoria y sanación colectiva en cientos de poblados colombianos, donde el
optimismo no crece. Actividades como muros de la memoria o historias contadas
por todos, contribuyen a que esta memoria colectiva pueda recordar y perdonar
para seguir adelante.
| Mujeres de Vistahermosa, Meta. |
Lecciones aprendidas: si algo tenemos
hoy en los campos y zonas rurales, son lecciones de dolor, de miseria, atraso,
violencia y injusticia. Acompañar a las comunidades a decir y hablar de sus
experiencias y encontrar en ellas lecciones de valor, virtud, amor o entrega
por ejemplo, contribuye al proceso de reconciliación y sanación de heridas. El
dolor compartido, cuando se vuelve historia de todos, ya no hace parte de un
solo ser que sufre sino de muchos que reconstruyen su ser.
Hago
un llamado a las entidades que participan del proyecto Reconciliación Colombia,
en especial a los medios de comunicación, para que las historias que ahora se
cuentan en su página algún día sean contadas y escritas por sus protagonistas,
a través de medios comunitarios como la radio escolar, la prensa rural, el
teatro, el cine en el parque, etc. que constituyen herramientas para el
empoderamiento comunitario, el liderazgo y el desarrollo social.
Así
las comunidades ejercerán su derecho a la comunicación como camino hacia sus
demás derechos.
