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| Encocado de cangrejos, hotel La Red, Tumaco, Colombia. |
Durante la última semana en Colombia, hasta el más
indiferente de los compatriotas, el más alejado del campesinado, el más
desentendido de los asuntos agrarios, se ha preguntado por la comida. Eso que
ingerimos a diario entre la prisa de una oficina, alrededor de mesitas de
corrientazo o restaurantes, en pasillos de universidades, parques o en la casa.
Alguno, con sorna, declaró en su facebook que no hay
de qué preocuparse porque “el arroz basmati, el caviar, las salsas gringas y
europeas, el jamón serrano, el salmón chileno, los quesos suizos, los snacks y
la papas importadas de Holanda todavía están en los supermercados”.
Y si somos lo que comemos, si esa parte de la
identidad nacional también se forma en la mesa, ¿Qué somos con los campesinos
arruinados y los alimentos foráneos?
¿Qué será de nosotros, que sacamos pecho con nuestro
café, que ofrecemos muy orgullosos el ajiaco santafereño, el sancocho vallecaucano,
la mamona con yucas o el tamal con chocolate a quienes nos visitan?
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| Típico asado colombiano. |
Los productos de nuestra tierra son parte esencial de
nuestra identidad nacional. Quienes los producen son ciudadanos entregados a
una labor muy importante, que le da sentido a nuestra existencia de
colombianos, que con su esfuerzo hacen posible el milagro diario de la
existencia.
Cómo anhelamos un pescado fresco de cualquier río
colombiano o el sabor de los fríjoles caseros, las arepas recién asadas, las
papas chorreadas y humeantes, las empanadas crocantes, las recetas de la abuela
y de las miles de mamás que conservan la tradición dominical de esperarnos con
sus viandas y recordarnos en el nombre de su sazón cuánto somos gracias a esos
sabores.
Ahora, cuando quienes producen nuestra comida más
apreciada, nuestros sabores de infancia, se encuentran pasando dificultades y
deciden salir a contarnos que los insumos son muy costosos, que las semillas certificadas
están acabando con las semillas criollas y la diversidad alimenticia, que todo
lo que producen no les alcanza para vivir dignamente, que es necesario contar
con mejores vías para sacar sus productos al mercado, que sus hijos desean
estudiar en escuelas habilitadas y que es necesario volver los ojos de todos
hacia el campo y ayudarles a salir de esta encrucijada, ¿Qué estamos haciendo?
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| Horno asador, restaurante El Solar. |
Lo que haga o no el gobierno es una cosa, lo que cada
uno de nosotros hagamos para preservar la producción campesina, continuar con
las tradiciones y contribuir con nueve
millones de colombianos que viven de lo que producen, es lo que debe
preocuparnos.
Si en verdad somos lo que comemos, si parte de nuestra
herencia se encuentra en los fogones, debemos ser conscientes de lo que sucede
y colaborar con nuestro pequeño grano de arena a mejorar la vida de los
campesinos y hacer que su existencia sea menos difícil.
Por lo pronto, les animo a comprar en la tienda y la
panadería del barrio, en el mercado de frutas y verduras más cercano, en las
plazas y en los mercados campesinos que es donde se vende lo que nuestros
campesinos producen y lo que nuestra industria nacional alimenticia produce con
insumos del campo colombiano.
No tiene ninguna explicación ni sentido el comprar
papas, arroz, cerdo, café o leche importada, no es mejor y no contiene el
ingrediente esencial: sentido de pertenencia, identidad y respeto por los nuestros.
Y mientras el gobierno encuentra salidas al paro del
campesinado, contribuyamos haciendo conciencia sobre el legado de un país donde
todos tenemos al menos un abuelo, bisabuelo o tatarabuelo campesino que con su
ejemplo e historia engrandece nuestro álbum familiar; siendo consecuentes con
nosotros mismos y preservando nuestra tradición culinaria.
¡Llegó la hora de ponernos la ruana! Porque comer es
algo más importante que ingerir alimentos o saciar el hambre; comer es también
una reafirmación cultural y una fiesta de los sentidos. Hagamos conciencia
sobre lo que comemos para saber sobre lo que somos.















