viernes, 30 de agosto de 2013

¿SOMOS LO QUE COMEMOS?




Encocado de cangrejos, hotel La Red, Tumaco, Colombia.


Durante la última semana en Colombia, hasta el más indiferente de los compatriotas, el más alejado del campesinado, el más desentendido de los asuntos agrarios, se ha preguntado por la comida. Eso que ingerimos a diario entre la prisa de una oficina, alrededor de mesitas de corrientazo o restaurantes, en pasillos de universidades, parques o en la casa.

Alguno, con sorna, declaró en su facebook que no hay de qué preocuparse porque “el arroz basmati, el caviar, las salsas gringas y europeas, el jamón serrano, el salmón chileno, los quesos suizos, los snacks y la papas importadas de Holanda todavía están en los supermercados”.

Y si somos lo que comemos, si esa parte de la identidad nacional también se forma en la mesa, ¿Qué somos con los campesinos arruinados y los alimentos foráneos?

¿Qué será de nosotros, que sacamos pecho con nuestro café, que ofrecemos muy orgullosos el ajiaco santafereño, el sancocho vallecaucano, la mamona con yucas o el tamal con chocolate a quienes nos visitan?
Típico asado colombiano.


Los productos de nuestra tierra son parte esencial de nuestra identidad nacional. Quienes los producen son ciudadanos entregados a una labor muy importante, que le da sentido a nuestra existencia de colombianos, que con su esfuerzo hacen posible el milagro diario de la existencia.

Cómo anhelamos un pescado fresco de cualquier río colombiano o el sabor de los fríjoles caseros, las arepas recién asadas, las papas chorreadas y humeantes, las empanadas crocantes, las recetas de la abuela y de las miles de mamás que conservan la tradición dominical de esperarnos con sus viandas y recordarnos en el nombre de su sazón cuánto somos gracias a esos sabores.

Ahora, cuando quienes producen nuestra comida más apreciada, nuestros sabores de infancia, se encuentran pasando dificultades y deciden salir a contarnos que los insumos son muy costosos, que las semillas certificadas están acabando con las semillas criollas y la diversidad alimenticia, que todo lo que producen no les alcanza para vivir dignamente, que es necesario contar con mejores vías para sacar sus productos al mercado, que sus hijos desean estudiar en escuelas habilitadas y que es necesario volver los ojos de todos hacia el campo y ayudarles a salir de esta encrucijada, ¿Qué estamos haciendo?
Horno asador, restaurante El Solar.


Lo que haga o no el gobierno es una cosa, lo que cada uno de nosotros hagamos para preservar la producción campesina, continuar con las tradiciones y  contribuir con nueve millones de colombianos que viven de lo que producen, es lo que debe preocuparnos.

Si en verdad somos lo que comemos, si parte de nuestra herencia se encuentra en los fogones, debemos ser conscientes de lo que sucede y colaborar con nuestro pequeño grano de arena a mejorar la vida de los campesinos y hacer que su existencia sea menos difícil.

Por lo pronto, les animo a comprar en la tienda y la panadería del barrio, en el mercado de frutas y verduras más cercano, en las plazas y en los mercados campesinos que es donde se vende lo que nuestros campesinos producen y lo que nuestra industria nacional alimenticia produce con insumos del campo colombiano.

No tiene ninguna explicación ni sentido el comprar papas, arroz, cerdo, café o leche importada, no es mejor y no contiene el ingrediente esencial: sentido de pertenencia, identidad y respeto por los nuestros.
 
Colombia celebra con las viandas tradicionales.
Y mientras el gobierno encuentra salidas al paro del campesinado, contribuyamos haciendo conciencia sobre el legado de un país donde todos tenemos al menos un abuelo, bisabuelo o tatarabuelo campesino que con su ejemplo e historia engrandece nuestro álbum familiar; siendo consecuentes con nosotros mismos y preservando nuestra tradición culinaria.

¡Llegó la hora de ponernos la ruana! Porque comer es algo más importante que ingerir alimentos o saciar el hambre; comer es también una reafirmación cultural y una fiesta de los sentidos. Hagamos conciencia sobre lo que comemos para saber sobre lo que somos.



miércoles, 21 de agosto de 2013

El mercado de Tegucigalpa

Variedad y cosechas campesinas.

EJEMPLO DE SEGURIDAD CIUDADANA E IDENTIDAD
Del campesino al consumidor, en espacios seguros.

Ahora que en Bogotá se denuncian mafias y venta de drogas en mercados como Corabastos, es bueno mirar lo que el mercado de Tegucigalpa, denominado Feria Agropecuaria, realiza para asegurar a vendedores y residentes durante los dos días en los cuales opera: viernes y sábados.
Supervisor de la feria agropecuaria.

Al llegar al mercado, el visitante se encuentra con los supervisores de sombrero y machete, ello son los encargados de supervisar el ingreso y de controlar el tránsito vehicular en las calles aledañas. Existen alrededor de doce supervisores carnetizados y capacitados para enfrentar situaciones de emergencia de primer orden.

Además, se cuenta con el acompañamiento de la policía local y de policía especializada en delitos de extorsión, así los ciudadanos y los vendedores se sienten acompañados por las autoridades en sus labores y pueden deambular y realizar negocios sin problemas.

La policía patrulla desde las 6 a.m. hasta su cierre a las 9 p.m.

Como beneficio para sus vendedores y asistentes, se tiene una cabina de radio que emite mensajes relacionados con la seguridad y la prevención, campañas cívicas y promociones de los 700 puestos de venta. Cada vendedor paga una suma de $30.000 semanales para sufragar los gastos de la emisora, la limpieza y la seguridad.

Tegucigalpa no goza de zonas seguras en su casco urbano, por eso los ciudadanos no salen a caminar o a trotar por sus aceras, ni se ven señoras paseando a sus bebés o transitando por ellas. Una de las pocas zonas seguras con la que cuenta es esta Feria Agropecuaria en la cual todas las clases sociales se dan cita durante dos días para comer y mercar productos traídos por los campesinos de veredas aledañas y vendidos directamente al consumidor.

El mercado se encuentra ubicado junto al estadio de futbol y utiliza su zona de parqueaderos para la venta. Al término de cada jornada, un equipo de limpiadores deja el lugar en buen estado.

Mural elaborado con tapas.
Con las tapas de refrescos recogidas en varias jornadas y pintadas de colores, la comunidad realizó un mural que enluce una de las entradas.

Si se desea conocer la cocina típica tradicional hondureña, este mercado es la mejor referencia. Allí es posible encontrar los tradicionales recipientes denominados anafre en los cuales se cuecen los alimentos en fogones de leña.  Frutos tradicionales de la cocina regional como el nance, la sandía, el melón y los limones.

Y por supuesto, la mejor oferta de “frijolito rojo” la variedad hondureña con la cual se preparan los frijoles volteados que ellos agregan a todas sus comidas, desde el desayuno hasta la cena.

Los catrachos (apelativo con el que se denomina a los habitantes de Honduras) son tranquilos y amables, por eso el mercado no es un sitio bulloso y se puede disfrutar de un buen almuerzo en sus instalaciones.

Una buena costumbre es la de no utilizar voceadores para promocionar sus ventas, esto hace posible que el tránsito entre los puestos deje al visitante la posibilidad de escoger y admirar con tranquilidad entre la múltiple oferta.

El frijolito rojo, la comida infaltable de la cocina hondureña.

Chile de árbol, jalapeños, habaneros y chipotles.

El mercado es un sitio de encuentro con los habitantes y de reencuentro con las preparaciones y los ingredientes tradicionales que forman parte de la tradición y la herencia gastronómica de este país, como el agua de horchata, las baleadas (tortillas dobladas y rellenas de frijolito rojo con queso), los tacos (van fritos), las burras (también preparadas con tortillas y rellenas de cerdo o pollo) acompañado de tajadas de plátano fritas y de los ricos quesos olanchanos, sin olvidar el encurtido de verduras con chiles que se encuentra en cada mesa para acompañar las viandas.
 
Restaurante garífuna dentro del mercado. Al fondo, el estadio.
La comunidad garífuna (comunidad negra que habita en una colonia de Tegucigalpa) cuenta con venta de productos marinos y deliciosos platos caribeños que forman parte de la cocina tradicional.

Tegucigalpa es una ciudad de un millón de habitantes donde existen decenas de centros comerciales (malls) que hacen las veces de espacio público seguro para sus habitantes ante la imposibilidad de utilizar las aceras de sus barrios como sitios de encuentro.

Ejecutivos hondureños almuerzan los viernes en el mercado.

Este mercado es una excelente opción para salir de los fríos malls y dejarse tocar por la cultura catracha en su más rica y variada expresión. Por eso, centenares de personas hacen de la hora de almuerzo del día viernes una experiencia inolvidable en este lugar.



El nance, fruto tradicional de dulce sabor.
 
De compras en el mercado.






La sandía, una de las frutas nacionales.