LOS PRIMEROS PASOS
Partimos
de la necesidad de comunicarnos con los ciudadanos, no importa si deseamos
hacerlo desde una entidad estatal, privada, multinacional, comunitaria, ONG o
corporativa; la necesidad es la misma: llegar
a la gente.
¿Y
quién es la gente? La comunidad X a la que deseamos llegar, ¿Qué piensa? ¿Qué
sueña? ¿Qué necesita? ¿Qué respeta?
Para
averiguarlo, comencemos por utilizar la tríada de la cultura ciudadana: ley, moral y cultura.
La
moral la constituyen los valores personales y las experiencias de cada uno que
forman el imaginario individual con sus
creencias, prevenciones y prejuicios. Todo ser humano parte de su visión
personal.
La
cultura es una construcción, se la define como lengua, territorio y prácticas comunes de una colectividad. La
cultura está conformada por las visiones personales y grupales aceptadas por
todos, por las costumbres de una comunidad, sus prácticas, sus creencias,
celebraciones, prevenciones y prejuicios.
La
ley es el ordenamiento jurídico de una comunidad a partir del Estado o de quien
ejerza su función (en territorios donde el Estado no llega, algunos grupos
hacen sus veces de manera ilegal) y tiene como deber impartir justicia a partir
de esos principios aceptados por todos.
Si
los valores de cada ciudadano se encuentran en línea con los de su comunidad y
a su vez estos se hayan dentro de las normas legales, obtendremos la ciudadanía ideal, a la cual pretendemos
llegar con nuestros medios y mensajes comunicativos.
Sin
embargo, no sucede así en la mayoría de comunidades nuestras, afectadas por procesos de injusticia,
terrorismo, violencia, ausencia de Estado y de educación, de bienes básicos, de
compromiso ciudadano y de estabilidad social.
Lo primero:
la gente
Antes
de contarle al mundo los beneficios y cualidades del producto o el proyecto X,
debemos conocer los valores que conforman el imaginario de esa comunidad, tanto
los que actualmente la rigen como los deseados, hacia donde quiere llegar.
Es ingenuo,
por decir los menos, suponer que con una encuesta de “le gustaría que
hiciéramos una escuela, una carretera, que le regaláramos tal cosa, etc….”
vamos a respondernos. No. Cualquier ser humano responderá afirmativamente a
preguntas como esas.
Hay
un ejemplo: en una comunidad se preguntó si estaban interesados en tener tierra
y vivienda propia. Por supuesto, todos dijeron que sí. La encuesta no preguntó si estaban dispuestos
a pagar impuestos, predial, servicios públicos, inversión en productividad para
la tierra, trabajadores, seguros, etc.
Si
se hubiese preguntado, la mayoría podría haber contestado que no.
¿Por
qué? Porque los seres humanos hablamos con el deseo, nos proponemos tener
derechos pero no deberes ni responsabilidades.
Así
las cosas, debemos comenzar a trabajar con la comunidad acerca de sus valores,
de sus motivaciones, de sus deseos versus sus necesidades, compromisos y
deberes.
Y
para lograrlo, es necesario que escuchemos a la gente, ¡que hable la gente!.
Nuestra
primera actividad de comunicación ciudadana debe ser participativa, no
representativa; no siempre los líderes representan los sueños y deseos de la
comunidad. Es imperativo llegar a la gente (incluidas las autoridades locales,
docentes y empresarios), reunirnos con ella, escucharlos, establecer los
valores que tienen o desean tener, los compromisos que pueden asumir como
grupo, las necesidades, sueños e ilusiones que pueden animarlos y qué tan
dispuestos se encuentran para contribuir en su construcción.
Estudiantes de Puerto Rico (Meta) durante jornada de vacunación contra la violencia.
Este
primer lazo con los habitantes de una comunidad y sus compromisos comunitarios,
de cada uno frente a los demás, nos ayudará a reconstruir el tejido social, a
establecer los límites de la intervención que realicemos, el alcance de las
tareas que se asumirán y a reconocer los liderazgos.
Así
se trate de, por ejemplo, llevar un nuevo producto a una comunidad, realizar
una obra de infraestructura o canalizar recursos hacia proyectos productivos,
el primer paso es contar con los valores comunitarios, con su aceptación ante
los demás, su compromiso como comunidad y su deseo de contribuir.
Lo segundo:
el reconocimiento
Si
en el primer paso obtuvimos claridad respecto a los habitantes y a la
comunidad, a sus valores, necesidades, deseos, expectativas y compromiso, en el
segundo paso debemos hacer claridad desde dónde vamos a contribuir con ellos.
Así
se trate de una empresa privada, ONG o multinacional, el Estado y sus normas
rigen para todo el territorio nacional y deben ser comprendidas y acatadas por
todos. No solamente las entidades estatales deben tener en cuenta que la ley,
es decir, el conjunto de normas jurídicas, se cumpla dentro de la comunidad,
sino que todos los habitantes de un territorio debemos hacerlo.
Reconocer
el Estado en el cual se vive es un paso crucial para la generación de cultura,
valores e identidad comunitaria.
No
es posible, así algunas ONG y entidades del estado lo hagan, llegar a
comunidades por fuera del estado y pasar
de largo o hacerse el de la vista gorda frente a una cultura de la
ilegalidad, argumentando que son necesitados y que debemos ayudarlos porque en
algún momento ellos reconocerán al Estado al que pertenecen.
No,
definitivamente. Eso ha sucedido durante decenios en Colombia con muchas
comunidades que se volvieron expertas en ser receptoras de recursos sin reconocer sus propios deberes, sin
reconocerse dentro del Estado que las asiste.
Va mi consejo: ayudar o asistir no es lo
mismo que empoderar y generar procesos culturales y de identidad en una
comunidad. Como no es lo mismo dar limosna que devolver la dignidad a alguien.
La
comunicación ciudadana es una excelente herramienta para contribuir al
empoderamiento, la identidad, la participación y la construcción de ciudadanía
en cualquier comunidad. Por eso es necesario comenzar por el reconocimiento: ¿Quiénes
somos? ¿Dónde estamos? ¿A cuál Estado pertenecemos? ¿Cuáles son nuestros
derechos y nuestros deberes?
Y lo
más importante: a qué está dispuesta esa comunidad a comprometerse de manera
sincera y no por el “premio” de una obra de infraestructura, un servicio
público, un beneficio personal o un regalo corporativo.
Y
ese compromiso comunitario, si lo establecemos a través del diálogo abierto y
sincero con todos sus participantes, puede llevarnos al diálogo real que
necesitamos, a la comunicación de doble vía, a la reactivación de procesos
sociales y de manifestaciones culturales en una comunidad, a su empoderamiento
a través de medios de comunicación comunitaria y de herramientas
participativas, en fin, al despertar de una comunidad.
Ahora
sí, con valores definidos, con comunidad participante, con reactivación de los
lazos comunicativos, con entusiasmo y reconocimiento de las capacidades
personales y comunitarias, además del Estado al que pertenecen y sus normas,
comencemos nuestra labor de comunicación
ciudadana.
Hablemos con la comunidad mirándola a los ojos, desde la misma altura,
con igual atención e intención, sin presumir, asumir o suponer; simplemente
escuchar.
AMP.










